Las elecciones presidenciales argentinas del 28 de octubre son, antes que nada, un motivo para celebrar. Se trata de la sexta elección consecutiva desde la restauración de la democracia en 1983, algo que no deja de ser auspicioso si se tiene en cuenta las décadas de violencia y gobiernos dictatoriales que caracterizaron a la Argentina del siglo XX. La democracia logró incluso sobrevivir a la trágica crisis de 2001, que sumió en la pobreza a más de la mitad de la población, y se enfrenta hoy ante el desafío de sostener el notable crecimiento económico logrado en el último lustro.
Décadas de crecimiento per capita casi nulo dejaron, sin embargo, huellas nítidas en el entramado social. La Argentina es hoy un país mucho menos homogéneo que a principios de los setenta, y lograr el progreso y la inclusión de los sectores más pobres será un proceso que seguramente llevará largos años. También en el sistema político se reflejan aún las consecuencias de la inestabilidad económica. La hiperinflación de fines de los ochenta y la depresión de principios de este siglo dieron un golpe de gracia al centenario partido radical, que supo contener con pocas fisuras a las clases medias. Sólo el peronismo logra todavía mantener el apoyo de un sector relevante de la población, en parte, gracias a una notable capacidad de adaptación política. De hecho, el peronismo fue centroderechista en los noventa; se multiplicó en varias fórmulas -ante la imposibilidad de lograr una candidatura unificada- en las elecciones de 2003; y se corrió al centroizquierda con la elección de Néstor Kirchner como presidente.
Esta elección presenta entonces un escenario fragmentado y alejado del bipartidismo, al igual que sucedió en 1995 y en 2003. Es cierto que la primera dama y senadora Cristina Fernández de Kirchner, heredera directa del gobierno de su marido, parece haber consolidado su lugar como principal candidata (casi todas las encuestas pronostican para ella un triunfo en primera vuelta). Sin embargo, la otra mitad del electorado se muestra fragmentado en diversos partidos nacidos con posterioridad a la crisis, pero que, en su mayoría, derivan directamente de la vieja dualidad peronismo – radicalismo. Incluso Cristina Kirchner lleva como candidato a vicepresidente a un gobernador provincial radical, Julio Cobos, lo que seguramente resulta un adelanto de la reformulación que se viene en el sistema de partidos argentino. De hecho, el todavía popular presidente Kirchner será un actor principal de este proceso, habiendo dado numerosos indicios de que, lejos de retirarse, su intención es dedicarse a crear una nueva fuerza política en los próximos años, moldeada en la Concertación chilena y en el Frente Amplio uruguayo, y teniendo a un peronismo “modernizado” como su columna vertebral.
Otro dato relevante de esta elección es la consolidación de las mujeres como lideres políticas de primer nivel. A la elección en junio de este año de la primera mujer gobernadora (en la patagónica provincia de Tierra del Fuego), siguen ahora tres candidatas a
Cualquiera sea el ganador, son nítidos los desafíos para el próximo Gobierno. La inflación es la amenaza de corto plazo más latente, alimentada por un fuerte boom de consumo y una moneda devaluada, y su resolución será compleja y seguramente llevará algunos años. En el mediano y largo plazo, el camino hacia el desarrollo implica que deben lograrse mayores niveles de equidad y de transparencia. En lo referido a éste segundo aspecto, Kirchner no ha logrado avances significativos durante su gobierno, pero el electorado argentino parece “perdonarlo” tanto a él como a su esposa, dado el notable desempeño de
Por


